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Por Qué Nunca Palparás Una Megalia

Por qué nunca palparás una megalia

Nervios. Cosquilleo en el estómago. Excitación. Ganas de salir corriendo. Miedo. Mucho miedo. Miedo a parecer inexperta. Miedo a no saber qué decir. Miedo a no saber qué hacer. Miedo a no estar a la altura. Y, sobre todo, miedo a que él lo note.

¿Mi primera relación sexual? No, qué va: mi primera guardia de residente, esa que todo médico recuerda el resto de su vida; el primer paciente entero para mí solita, sin ayuda y sin que nadie lo hubiera atendido antes que yo.

Ahí estaba yo, de pie frente a la puerta cerrada de un cubículo de urgencias, respirando profundo y tratando de encontrar valor para entrar, como si lo que hubiera detrás fuera un toro enfurecido en vez de un paciente.

De pronto, una voz amable a mi lado me preguntó: «¿Necesitas ayuda?». Era Pedro, un resi mayor, R3 para ser exactos. Casi me desmayo de alivio.

Pedro se sentó y escribió un esquema de la historia clínica, con todos sus apartados: motivo de consulta, antecedentes personales, medicación habitual, etc. Rápidamente, repasó conmigo la exploración física básica que debía hacer a cualquier paciente, de forma ordenada, por sistemas y de arriba abajo. Cualquiera diría que yo no había estudiado la carrera, porque estaba tan bloqueada que no recordaba nada.

Mientras hablaba, Pedro iba escribiendo el modelo de una exploración física normal. Era parecido a este que he sacado de internet, pero sin faltas de ortografía:

No palpo masas ni megalias

«Apréndetelo de memoria», me recomendó Pedro. Y eso hice, sin plantearme si ese galimatías de siglas y palabrejas tenía algún sentido. Día tras día lo repetí, como un loro, hasta que me pareció de lo más normal.

Porque eso es lo que nos ocurre a los médicos: como los loros, repetimos lo aprendido sin cuestionar el significado real de lo que decimos. Por eso no nos llama la atención la palabra megalia, que —siento decírtelo— no existe.

Megalia no, -megalia sí

Si quieres expresar que un órgano está agrandado, puedes usar -megalia, así, como sufijo: visceromegalia, hepatomegalia, esplenomegalia, cardiomegalia, etc.

Mejor aún, para que el paciente entienda lo que has escrito sobre su cuerpo y su salud, escribe hígado agrandado y bazo aumentado de tamaño. ¿Te atreves?

Cuéntanos: ¿escribes No palpo masas ni megalias en tus informes de alta?

Esta entrada tiene 2 comentarios
  1. Genial! Por fin alguien lo explica!
    Pero nos hacemos viej@s, Anita. Ahora, la primera guardia de un resi es muy distinta…: sólo son mirones. «Mochilas» los llamamos nosotros, q solos los «mochileros». Lo de solo ante el peligro… Se acabó. Era Gary Cooper? Pues ya no habría guión para él.
    Pero las megalias, q no -megalias siguen difundiéndose.
    Necesitamos más artículos como los tuyos, Anita!

    1. Gracias, Sonia, y perdona por no responder antes, acabo de ver tu comentario.
      Pues sí que han cambiado los tiempos, sí. Mi primera guardia fue tal como la cuento, pero no fue la única en la que unos resis pipiolos sudábamos la gota gorda antes de llamar a un adjunto. Hubo guardias terribles, pero aprendimos mucho (a la fuerza).
      Supongo que la clave está en el equilibrio: ni que los residentes estén abandonados ni que sean meros espectadores.

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